Linda sensación: el agua discurre por el pizarrón de un recodo del camino como un discurso reiterativo. Y un manso arroyo lee el arco iris en el perfumado día de la tierra húmeda como un periódico de hojas secas.
Pedirte quisiera alumbrarte tu larga espera, no con artificios vanos sino con un corazón humano, y regar de útiles semillas tus campos de girasoles y decirte en mil amores que la felicidad es un suspiro helado de sol y mar regado entre la floresta del campo. ¡Oh, bondad! Dulce inocencia. Moradas del camposanto donde la flor exhala olores de cielo y tierra. Dolores que deja el viento. En los pétalos del sueño. ¿Quién podrá ser tu dueño? El sol, el agua, el viento. Acariciar quisiera el cielo hasta no ver más el sufrimiento y plantar la semilla de felicidad en los ojos hechos verdad, y volar en el mar hecha diminuta luz, átomo de agua y cielo y convertirlo en lucero en tu frente, ¡torrencial aguacero!
Intranquilo bogo mi barquito en la soledad de mi cuarto, trazo un mar en la ventana, un sol y una estrella y en un papelito echo tu nombre. Echo tu nombre en la noche profunda. En el mar sin luceros. Únicamente tus ojos brillan. Aquí, en este cuarto acérrimo de sueños y quebrantos.
La flor de mi mundo brilla pero no la arranco. Echa raíces noches y funde el día de horizontes, árbol. Que la luz se apague pero que la estrella viva.
No te arranques árbol, no subas. Deja, deja el perfume de tu tierra en mis voces.
La noche es eterna. Caronte no olvida. En el espejo: mímesis. En este inframundo, niebla y pesado frío.
ÁRBOL arráncate en mi cuarto. Echa raíces en el alma. Sube por mis cartílagos. Boga, boga por esas aguas.
Tráeme un cabello de la noche desparramada de ojos.
Tan sólo su nombre en el filo de este puñal de negro grafito.
Sé que mi poesía tiene poco valor. Que mis letras son secas hojas, vaciándose en los alcantarillados. Que estas palabras que crujen en mi pecho, son raíces en mi ahogo.
Para qué títulos o premios. Nombre o renombres. ¡No los quiero! Vaciar quiero mi alma en el cielo. Y volar en los azules pájaros. En nubes de verano quebrar mi voz en los juncos. Y en el río ser caña flotando en el asombro del día. En los espejos de peces picoteando esas nubes. Y en piedras robar el arco iris del agua. No sé escribir, lo sé.
Mi madre analfabeta me enseñó a escribir con el alma. Ella ya no está. Me dejó un puñado de grillos en la noche estrellada. Y un lápiz con lágrimas en estas regiones de América. Sé que mi poesía tiene poco valor. ¡Y eso, no me importa! Mi alma seguirá escribiendo sin hojas ni lápiz. Sin papel ni cuaderno. Solamente escribirá con los ojos de mi madre.
El sol extiende sus manos. La luna retoca sus cabellos para no mojarse en la luz del agua. La noche recoge los quebrantos del día, y los pone en su regazo, para que la luz limpie su rostro de rocío con los pájaros del viento.
Los dos tan lejos y tan queriéndonos. Tú del otro lado, en la intangibilidad del unicornio donde la nada se abraza con la pureza. Yo, quizás, tan cerca queriéndote. Y, sin embargo, tan ausente de todo. Tan obligado a construir y reconstruir escenas y fotografías en las cuerdas del silencio. Pegadas a frías paredes de madera. En cuartos deshechos de historias y memorias. Tan tuyos como estas carnes que laten en los tranvias. Huyendo de mí, así como en los crespúsculos tras la lluvia. Y el humo deja una marca. Y el cielo los cimarrones golpeando las nubes, como ascuas salvajes, incandescentes, voluta volátil. Vorágine de hojas sin contar. Tan lejana, tan cercana. ¡Tú, yo! Inconstante y cambiante como el día que deja pasar su página. Y queda una estrella por buscar en la lluvia, aún cálida y temblando en tus mejillas carmesí.
A Haidé Villegas. El cielo encapotado con sus signos de lluvia. La húmeda tierra respira con sus cantos. Verde fragancia. Colores disueltos entre ramas y piedras. Quieta sensación de vida y muerte. La mañana gira al reloj vital. Pareciera el silencio hecho voz con dulces y melódicas gotas sobre el tejado y techos de zinc. Pasos de lontanas y fugaces hojas. Emigran aves. Trepo nubes con escaleras de sueño. Vida y muerte se acercan y se alejan. Esperanzas híbridas en lianas y helechos. La lluvia hace surcos en el alma. No hiere. No perfora. Roe piedras y elementos metálicos. Sacude, calma, construye, destruye. Todo pasa a través de esa ventana. Ciclos vivientes y silenciosos.
El alma se expande y se escapa. El agua cae y limpia los cristales.
Late húmeda la mañana del 30 de junio.
Rafael Deliso
(30 de junio de 2011)
Este poema lo escribí en esta fecha y lo coloqué
en mi otro blog( Boscoso almanaque)
Lo quise colocar hoy aquí porque es un recuerdo
de escritura que una( mañana tarde) en un foro escribí
y se lo dediqué a una persona que nunca más vi desde ese
día. ¡Gracias por leer! Afectuosamente Rafael.03/09/2014