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sábado, 9 de julio de 2016

EL TAMBOR DE AMALIVAC.


Navegando en bongo
a través del Orinoco,
más allá de la selva
se precisa la Cueva del Amalivac
en la vasta llanura
de Maita.
La mítica casa de Amalivac,
en esas sabanas silenciosas
donde habita El Espanto.
Enormes piedras  de granitos
que se apoyan unas sobre otras
en equlibrio cósmico,
y cuyas habitaciones de dioses
prehispánicos abrigan la
soledad.
Y sobre la piedra vertical
como instrumento de música,
la caja del tambor de Amalivac.
Nuestros indígenas conocían
su secreto.
Y aquel hombre blanco,
alto y vestido como dios,
y que hablaba como ángel,
y sobre las aguas del caudaloso
Orinoco viajaba
y en séquitos de delfines
lo escoltaban
y cortejaban en las espumas
diáfanas y azul del río. 
Señor de la creación y
del Diluvio
del moriche,
bendición del cielo.

Y el tambor aún suena
en la vastedad de la
sabana de Maita
"lugar que no es"
porque los espantos de los
Tamanacos no dejan de ser...
Y sólo el sonido del tambor
los alejaba.
Y aún el viento con sus manos
toca el tambor en la noche
y evoca los designios
terriblemente malos
en el "lugar que no es".
Y que será eternamente
en los espirales que da
la vida en sus toques
diarios y mágicos.


Rafael Deliso
09/07/2016
Valencia-Venezuela.

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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.